Entonces el me miró. Me miró a los ojos con esa mirada tan profunda. No podía apartar la vista de ellos. Estábamos tan cerca el uno del otro que sentía su respiración.
Ya no sabía qué pensar. En ese momento mi corazón dio un vuelco. Mi mente se paró. Esos ojos color caramelo se mezclaban con los míos. Eran tan increíbles… sentía mi pecho fuertemente pegado al suyo. Su brazo derecho agarraba sin descanso mi espalda, como si no quisiera dejarme escapar, y yo no quería escaparme.
Ese momento era tan intenso que notaba como me saltaban las lágrimas. Nuestros labios se rozaban, pero no nos besamos. Fue entonces cuando me hundí en su pecho. Soltó la bolsa que sujetaba con su mano izquierda y me abrazó fuerte. Me sentía tan bien en sus brazos…
El tiempo pasó y yo solo quera seguir escuchando los latidos de su corazón. Pero entonces levanté la cabeza y me miró de nuevo a los ojos. A ambos nos brillaban.
Y nos besamos. Lentamente, dulcemente, pero hizo que el corazón se me saliera del pecho. Respirábamos fuerte, sin querer separarnos. Entonces me apoyé en la pared del pasillo, juntando su mano con la mía. Ya no quedaba nadie en el instituto. Los pasillos estaban vacíos y nuestra respiración resonaba como un eco.
Me paré a observar su cuerpo, su mentón, su pelo, sus labios, su sonrisa… Hacía que me estremeciera. Estábamos solos. En nuestro pequeño mundo aparte. Sin pensar en el mundo real.
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